Al llegar a Aldasoro bajaron y entraron a ver al enfermo. El médico dijo que estaba agónico y que le quedaban solamente horas de vida.
Madama de Aristy habló a su marido a solas, y tras larga conversación le indicó que debía confesarse.
—No—dijo enérgicamente el tío Juan, y volvió la cabeza hacia la pared.
—Yo, como usted, le encargaría de esa misión a su hijo—propuso Aviraneta;—yo trataré también de convencerle.
Aviraneta y Miguel Aristy se quedaron en el cuarto del enfermo. Este, sin duda, se hallaba intranquilo y receloso. De pronto se irguió en la cama y se quedó mirando fijamente a Aviraneta.
—Señor—exclamó,—que me dejen morir en paz.
—¿No quiere usted que venga ningún cura?
—No.
—No vendrá.
—¡Gracias! ¡Muchas gracias!