Miguel se acercó a la cama.
—¿Qué hace usted aquí?—le preguntó el tío Juan de repente.—¿Qué está usted espiando?
—Soy yo Miguel... el de Gastizar.
No se atrevió a decir su hijo.
El tío Juan le contempló con una mirada curiosa y de anhelo.
—¡Ah... sí... sí!—murmuró, y se tendió de nuevo en la cama.
Miguel le arregló la cubierta de la cama, y el viejo le agarró la mano y la besó.
Miguel quedó conmovido y se le saltaron las lágrimas.
Durante todo el día el enfermo estuvo desvariando. Al anochecer comenzó a palidecer y a ponerse lívido, y murió.
Alí marchó a Ustariz por un ataúd.