De noche estuvieron en la cabaña, velando al muerto. Aviraneta, Larresore, Choribide, el intendente Darracq y Miguel.
El intendente contó la vida de su primo Aristy, que acababa de morir, una vida íntegra, de fanático por sus ideas.
—La verdad es—dijo burlonamente Choribide a Aviraneta—que ha tenido que venir un gascón para dar un ejemplo de consecuencia en el pueblo, porque lo que es Garat y yo no hemos quedado como hombres muy consecuentes en política.
—Parece que la influencia de la veleta de Gastizar es muy grande—replicó D. Eugenio con sorna.
—¡Pse! Hay que cambiar—replicó Choribide.—La vida es cambiar. Yo no creo que ser esclavo de sus prejuicios sea una superioridad.
—No; es más bien el resto de la gente quien cree eso—dijo burlonamente Aviraneta.
Por la mañana se verificó el entierro en el mismo bosque. Los aldeanos de los caseríos vecinos se reunieron en Aldasoro, los hombres formaron un corro y las mujeres otro. Hacía una mañana hermosa y tibia, el sol amarillo se esparcía por el campo.
Sacaron al ataúd de Aldasoro y lo colocaron en un carro de bueyes y lo llevaron hasta el pequeño cementerio que tenía la barriada del bosque.
Allí cogieron el féretro Miguel, Ichteben el criado de Gastizar, Alí y Darracq, y lo dejaron sobre un montón de tierra próximo a la fosa.
Bajaron la caja al fondo del hoyo que no era profundo, y fueron cubriéndola de tierra. Al medio día todos volvieron a Ustariz.