Al día siguiente madama de Aristy hizo que se celebrara un funeral solemne en la iglesia por su marido.


II.
EL VERANILLO DE SAN MARTÍN

Lacy se había curado de la dislocación del pie, pero la estancia en la cama le había debilitado y agravado su enfermedad crónica del pecho. Por lo que decía el doctor Elissalde, el mejor médico de Ustariz, tenía ya muy pocas probabilidades de curarse. Habían mandado venir a un especialista de Bayona en consulta, y los dos doctores, después de auscultar y percutir al enfermo, habían asegurado que sólo una casualidad podría salvarlo.

—Lo más tarde en la primavera, cuando la hoja de la higuera tenga el tamaño del ala del murciélago, como dice el padre Hipócrates, morirá—dijo el doctor Elissalde, sonriendo.

El doctor era de estos hombres pulidos y emperifollados y un tanto empalagoso. Los ¡Oh! ¡Oh!, los ¡Ah! ¡Ah!, los ¡Tiens! ¡Tiens! y las frases más almibaradas estaban siempre en sus labios. Tenía una sonrisa de satisfacción para todo. Cuando a Miguel le decía que su amigo Lacy estaba desahuciado, lo decía de una manera tan jovial, tan alegre, que indignaba a Aristy.

Aristy había tomado afecto a Lacy y hubiese querido saber un medio de posible curación para emplearlo.

El doctor Elissalde aseguraba que era imposible. Lo único que se podría conseguir era que el pobre muchacho tirara un poco más.

—Lo más tarde en la primavera, cuando la hoja de la higuera tenga el tamaño del ala del murciélago...—repetía el doctor sonriendo.