El tiempo que hacía invitaba a salir de casa y a pasear. Después de las grandes lluvias otoñales había comenzado el veranillo de San Martín, que parecía un verano de verdad.
—Hay que aprovechar el buen tiempo—decía Miguel a Lacy;—hay que tomar el sol. Esta es la mejor época en nuestro país...
Y era cierto. El otoño es, sin duda, la estación más agradable en el país vasco. El campo, que en verano tiene un manto verde, uniforme, adquiere en otoño una variedad extraordinaria de colores; la hierba, los helechos rojizos, los árboles con hojas amarillas, todo toma unos tonos fogosos, ardientes. Hay además en el país vasco francés una serenidad, un reposo, que no hay en el español; el paisaje es más abierto, más tranquilo, más soleado, las gentes son más dulces, las campanas que tocan las oraciones desde lo alto de las torres son más melancólicas y menos imperiosas, más sentimentales y menos dogmáticas.
Lacy disfrutaba de esta calma, de esta serenidad.
Por la mañana al levantarse veía desde la ventana la niebla inmóvil que llenaba el valle de Ustariz, las casas musgosas que echaban humo por las chimeneas y escuchaba las campanas que retumbaban sonoras y acompasadas en el aire silencioso. Luego, a medida que se levantaba el sol, la bruma se deshacía en jirones y se desvanecía dejando el cielo azul. Por la tarde el calor apretaba y al anochecer comenzaba el frío y venían las nieblas en pelotones blancos rasando el suelo y la superficie de los arroyos a apoderarse de los bosques y de los barrancos.
Miguel Aristy solía llevar a Lacy a pasear en su cochecito al sol, a los montes inmediatos.
Los árboles estaban amarillentos y rojizos, las hojas secas jugueteaban por los senderos.
Miguel tenía que quedarse muchas veces en su casa.