Era época de grandes preparativos en el campo. Aristy dirigía las labores de abonar las tierras, de podar los árboles y hacía grandes hogueras con los hierbajos arrancados, a los que pegaba fuego al anochecer.

Lacy, con esta atención de los enfermos, lo contemplaba todo con una gran curiosidad.

Parecía que quería fijar en la retina por última vez las cosas del mundo.

Lacy no se alarmaba pensando en su porvenir. Se creía muy grave, y, sin embargo, hacía proyectos.

Lacy tenía una gran preocupación por Dolores Malpica; sentía por ella un entusiasmo muy próximo al amor.

Hablaba constantemente de ella y de todo cuanto tuviera relación con ella. A Miguel le hubiese molestado, quizás en otro, este entusiasmo por la mujer de su hermano; pero en Lacy no le molestaba.

El enfermo alternaba con este tema de conversación, los recuerdos de la última etapa de la fuga por los montes de Vera.

Le preocupaba el pensar qué habrían hecho del cadáver de su amigo Ochoa. La idea que se lo hubiesen comido los perros o los cuervos le trastornaba.

También le mortificaba la actitud del Inglesito, que le había salvado y había desaparecido sin dejarle ni siquiera su nombre.