¿Es que le despreciaría aquel inglés? ¿Es que quizás pensaba que no le iban a saber agradecer su heroísmo?
La idea de no poder expresarle su gratitud le entristecía.
Lacy paseaba durante las horas de sol por el campo y por la huerta de Gastizar. Subía con Miguel a un manzanal en un alto, y se sentaba sobre algún montón de hierba seca.
Desde allá, la antigua casa solariega parecía rejuvenecerse, galvanizarse por arte mágica, cuando le daban los rayos del sol. Las viejas piedras de Gastizar se doraban, las vidrieras centelleaban y lanzaban dardos, el dragón de la veleta se agitaba en el aire azul...
Al caer de la tarde el caserón parecía desde arriba un inmenso dado de oro; luego al inclinarse más los rayos solares, adquiría un tono de púrpura y parecía algo irreal y fantástico... De pronto el sol se ponía detrás de un robledal, y en un instante desaparecía la llamarada; la casa entonces era como un cadáver electrizado a quien se le acababa la corriente y quedaba en seguida tenebrosa, siniestra... Al momento en el valle todo era oscuridad, frialdad, melancolía.
Lacy suspiraba y volvía a Gastizar.
Casi constantemente estaba con los Aristy.
Acompañaba a Miguel y miraba cómo disponía éste las labores campestres; solía ir con frecuencia a la biblioteca en donde Darracq le mostraba sus libros y las mil cosas recogidas en sus viajes.