Don Valentín creía que estas cosas de la guerra eran sólo para hombres, y que con las mujeres no se debía hablar de ellas.
Al día siguiente Dolores averiguó que su padre estaba herido. Malpica dijo que no era nada. El pensaba que sabía más que los médicos y que con algunas hierbas se curaría. Efectivamente, gracias a su constitución se curó pronto, aunque él creyó que era gracias a su ciencia.
Don Valentín estaba acostumbrado a mandar en su casa despóticamente. Pronto notó con asombro la oposición que le hacía Margarita Tilly, defendiendo a Dolores. A D. Valentín le sorprendió tanto, que casi le hizo gracia. Malpica desarrollaba una gran cantidad de trabajo al día, aunque no siempre útil, pues el tiempo se le pasaba en hacer y deshacer, en ir y venir.
El viejo coronel no podía aguantar el aire embebido y absorto que había tomado su hija desde que le había abandonado su marido.
—¡Muévete, dormilona!—le decía.—Te vas a quedar tonta.
Margarita se indignaba.
—¡Bruto, más que bruto!—solía murmurar por lo bajo.
—Déjale—decía Dolores,—él me quiere así, a su modo.
Era la manera de ser cariñoso de D. Valentín. Si tenía que recomendar silencio, decía: Silencio en las filas; y cuando había que prepararse para algo, gritaba: ¡Escuadrones!
El chico Miguelito le imitaba y se reía.