—La manera más segura sería hacer un largo viaje.

—No, no, no quiero eso. ¿No hay otra solución?

—Veré.

Rohan tomó el libro del padre Kircher, lo abrió, leyó enfáticamente trozos en latín hasta que se detuvo en un párrafo marcándolo con el dedo.

—Será conveniente que se quite usted todas las alhajas que lleva y no use usted de hoy en adelante más que una mano de coral y un rubí en el dedo del corazón.

—¿Y venceré al fin a mis enemigas?

—Sí. El agua acabará con una de ellas y el fuego con la otra.

Simona preguntó al príncipe lo que le debía.

—Lo que usted quiera—contestó el señor de Rohan volviendo de pronto a su aspecto humilde y a su aire quejumbroso.