—No sabía que estuvieras aquí—replicó ella con marcada frialdad.
---He venido a ver a este pobre Lacy, que está tan enfermo.
Habló Sampau de la enfermedad de Lacy y de las pocas probabilidades que tenía de curación.
Al despedirle Sampau dijo a Dolores con cierta petulancia:
—Celebro que Margarita tenga la amistad de usted. Le conviene; porque yo creo que esta cabecita rubia está un poco destornillada.
Margarita hizo un gesto de desdén.
—No, no—replicó Dolores.—Todos dicen ustedes lo mismo, y no es cierto. Aquí yo sólo sé lo que trabaja, y lo bien que lo lleva todo, y lo tranquila y lo juiciosa que es. Ha de ser una ama de casa excelente.
Margarita se ruborizó.
—¿Usted lo cree así? Pues así será. Yo me figuro a Margarita montada a caballo, con un látigo en la mano, pero no cosiendo ni zurciendo.