—Pues no es así. Es una muchacha hacendosa, sencilla...
—Sí, será cierto—dijo Sampau;—pero no se puede negar que es una desagradecida. Ya ve usted cómo me ha recibido a mí. Pues sepa usted que yo la he llevado en brazos cuando era niña.
—¿De verdad?
—Sí. Cuando ella nació yo tendría ocho años. La recuerdo en la cuna, que parecía una muñeca. Luego más tarde solíamos jugar con ella su hermano, Lacy y yo, y como yo era el mayor y el más alto y la llevaba en hombros, era el preferido. Entonces creo que estaba algo enamorada de mí.
—Yo de ti—exclamó Margarita.—¡Majadero! ¡Fatuo! Eso es lo que debes creer tú, que todas las mujeres se enamoran de ti.
Sampau hizo la observación de que Margarita estaba más guapa cuando se incomodaba, y ella cambió de aspecto y tomó una actitud desdeñosa.
Las visitas de Sampau menudearon.
Cuando el médico dijo que la enfermedad de Lacy se acercaba al desenlace, Sampau pidió una licencia de un mes y se estableció en la Veleta de Ustariz. Allí asistió en su enfermedad a su amigo, hasta que éste un anochecer murió dulcemente sin darse cuenta.
El dolor de ver morir a Lacy acercó más a Margarita y a Sampau.