—Yo también te quiero—repuso ella.

—Entonces ¿estás dispuesta a seguirme, a ser mi mujer?

—No quisiera marcharme de aquí. ¡Aquí he vivido tan feliz! Tengo tanto cariño a todos los de esta casa—y Margarita cogió la mano de Dolores y la miró con ansiedad.

—Ya vendrás alguna vez—dijo Dolores;—tu marido te traerá aquí.

—Cuando ella quiera. Ahora no falta más que una cosa: fijar el día de la boda.

Al despedirse Sampau abrió los brazos, Margarita vaciló un momento, pero se echó en ellos y se desasió después palpitante y enamorada.


III.
UNA SOMBRA DE OTRA ÉPOCA

Al proyectarse la boda de Sampau con Margarita se pensó en comunicárselo a las respectivas familias y a los amigos.

Margarita, por lo que dijo, estaba reñida con sus tíos; sus hermanos, que vivían en Jersey, eran pequeños, y únicamente tenía la abuela paterna en un pueblecito cerca de París. Esta señora se titulaba la condesa de Tilly. Margarita le dió parte de su boda suponiendo que ya estaba bastante vieja y que no vendría; pero un día le avisaron que fuera a la posada de la Veleta porque acababa de llegar su abuela. Efectivamente, esta señora bajó de la diligencia en compañía de una criada vieja con una cofia blanca.