Después de un largo rato de conversación se decidió que la anciana señora y su criada marcharan inmediatamente a Gastizar. La condesa se instaló sin escrúpulos ni ceremonias.

Tenía una gracia para aceptar completamente del antiguo régimen.

La criada de la condesa era el polo contrario de su ama. Era difícil encontrar una vieja más agria, más malhumorada, más suspicaz, más tacaña que la de la cofia blanca. Al día siguiente de llegar, todos los criados de Gastizar la odiaban fervorosamente. A pesar de esto, ella les dominaba porque era astuta y sagaz.

Madama de Aristy y las señoritas de Belsunce quedaron entusiasmadas con la condesa. El caballero de Larresore le dedicó unas sonrisas y unas galanterías del más auténtico Versalles.

—Condesa—le decía el caballero de Larresore con un aire inspirado y sentimental;—¡en qué época nos encontramos! Nosotros, que hemos conocido a María Antonieta en Versalles.

—Yo no, yo no—decía la condesa,—yo no soy tan vieja; entonces era muy pequeña. Yo recuerdo que me puse de largo cuando guillotinaron a Luis XVI.

—Y lo sentiría usted, condesa, como algo atroz.

—Sí; pero teníamos otras muchas cosas en que pensar.

La vieja señora no tenía ninguna simpatía por el caballero de Larresore, porque éste siempre le estaba hablando, según ella, de su edad.