—No sé para qué me recuerda este caballero tiempos pasados—decía la condesa.—Es una impertinencia. Otros también tienen años.
Miguel le daba la razón, y le decía:
—Usted siempre parecerá joven, condesa.
Y ella al oirle sonreía entre burlona y satisfecha.
La condesa había llevado una vida accidentada; había conocido el tiempo de Luis XVI y los horrores de la Revolución, el Directorio, el Imperio y la Restauración. Al parecer había sido una mujer muy solicitada por los hombres, y le quedaba la facultad de seducir a la gente sin proponérselo.
A Miguel Aristy le tomó como confidente y le contaba su vida y hasta sus amores.
—Pensar que me han perseguido Mirabeau, Barras, Talleyrand. ¡Uf! ¡Qué cosas ha visto una! ¡Qué horrores! ¡Qué disparates!
Y unía las manos y cerraba los ojos como si sintiera el vértigo con los recuerdos.
Otras veces preguntaba:
—¿Quién fué el que decretó el culto del Ser Supremo? ¿Napoleón? No. Fué el señor de Robespierre. ¿Verdad? Sí, fué el señor de Robespierre. Recuerdo que aquel día tuvimos que vender un traje mío y otro de mi madre para comer. Esto fué cuando la batalla de Waterloo. No... Después... No, no.