La condesa de Tilly no era capaz de detenerse en una cosa o en una idea.

—Perdonadme si digo alguna vez tonterías—decía.—¡La vida me parece tan larga! Estoy deseando morir. ¿Usted cree que habrá alma, Miguel?

—Sí; supongo que sí.

—¿Pero alma inmortal?

—No sé, eso no sé; ni creo que lo sepa con certeza nadie.

—Sabe usted que yo he sido atea en otra época y que leí libros de Voltaire y de Holbach. ¡Qué horror, verdad!

—Sí, un completo horror.

—Ahora soy completamente creyente, como un niño. ¿Habrá cielo, Miguel? ¿Eh? ¡Si no, qué vamos a hacer en la tierra, en un sitio tan frío, tan húmedo!

—No sé qué podremos hacer. La tierra es cosa poco cómoda, indudablemente.

Margarita iba con frecuencia a Gastizar y trataba a su abuela como a una niña; le acostaba y le reñía.