Era D. Lorenzo de Alzate hombre de mediana estatura, de ojos garzos y vivos y de expresión amable.

Aviraneta le preguntó a su pariente si era muy difícil entrar en España. Alzate dijo que sí, que la frontera estaba muy vigilada y que la policía militar tenía orden de examinar detenidamente los pasaportes de los que entraban en España y de prender a los sospechosos.

Aviraneta se enteró bien de otros extremos y acompañó a su primo hasta el coche. Antes de salir preguntó al cochero:

—¿Tú conoces a Ganisch, a uno que tiene una taberna en Behobia?

—Sí.

—Dile al pasar que mañana su amigo Eugenio, que ha venido de Méjico, le esperará a las doce del día en el puente, del lado de Francia.

—Bueno; ya se lo diré.

Se marchó D. Lorenzo de Alzate, y por la noche dijo D. Eugenio en la fonda que iba a ir a San Sebastián.

Ochoa y Lacy pretendieron acompañarle.

—En tal caso prefiero que venga Ochoa.