Aviraneta había torcido el gesto al oir la conversación.
—Amigo Ochoa—murmuró;—cuando se toma una misión difícil hay que pensar solamente en ella y no ser imprudente.
—¿Por qué lo dice usted?
—Porque esta conversación, que probablemente no la habrá oído nadie, ha podido ser oída por alguien y sernos fatal.
—Tiene usted razón—murmuró Ochoa, compungido;—tendré más precaución otra vez.
Al medio día llegaron a Behobia y esperaron a Ganisch. Estaban comiendo en una posada, cuando apareció el antiguo amigo de Aviraneta.
—¡Arrayua!—dijo Ganisch al ver a D. Eugenio. ¿De dónde vienes?
—De Méjico.
—¡De Méjico! ¡Qué! ¿Te has hecho rico?