—Muy bien.

Comieron Aviraneta y Ochoa, pasaron la tarde en una taberna de Behobia de Francia, y al anochecer, después de cenar, fueron marchando por la orilla del Bidasoa hasta llegar frente a las casas de Azquen Portu.

Apareció al poco rato Ganisch en su barca, silbó de la manara convenida, saltaron los dos y pasaron a la otra orilla y desembarcaron cerca de un caserío que se llamaba Chapartiena.

—Podéis dormir aquí hasta la una—dijo Ganisch.—A esa hora os despertaré.

Durmieron en Chapartiena y a media noche les despertó Ganisch, le dió a cada uno una ropa vieja y una elástica azul y les ayudó a uncir los bueyes. Luego les dijo lo que tenían que contestar a los guardias y centinelas del camino.

Uno delante de otro, Aviraneta y Ochoa comenzaron a marchar camino de Irún y después de San Sebastián. Mientras fué de noche no hubo miedo; a las preguntas de los guardias contestaban en vascuence, como les había dicho Ganisch.

Al hacerse de día tuvieron que tomar ciertas precauciones.

—¿Qué tal estoy yo?—preguntó Aviraneta.

—Muy bien. Todavía creo que se puede usted ensuciar la cara un poco más con carbón. ¿Y yo, estoy bien?

—Admirablemente. Parece que no ha hecho usted otra cosa en su vida.