Y los dos, dando de cuando en cuando con el aguijón en los cuernos de los bueyes y diciendo: ¡Aidá! ¡Aidá!, avanzaron hacia San Sebastián.

No les ocurrió ningún percance en el camino. Entraron en la ciudad por la puerta de Tierra y llevaron los carros, siguiendo las instrucciones de Ganisch, a la parte de la muralla que llamaban la Brecha, cerca del Cubo de Amezqueta, donde los descargaron. Comieron en una taberna, y al anochecer Aviraneta se presentó en casa de Alzate, quien al verle en aquellas trazas se quedó asombrado.

—¿Por qué no has venido conmigo?

—No quería comprometerte.

—¿Qué es lo que pretendes?

Aviraneta expuso su plan de trabajar la guarnición de San Sebastián para que secundase el movimiento de los liberales.

—¿Por qué no me has dicho esto en Bayona?—preguntó Alzate.

—Porque me hubieras intentado disuadir del proyecto.

—Es verdad. Puesto que tú crees en la posibilidad de ese plan, haremos juntos las gestiones, aunque de antemano te diré que la cosa me parece imposible. Lávate, ponte una ropa limpia y vamos.