Alzate y Aviraneta salieron de casa y fueron a la platería de D. Vicente Legarda.

—No está el principal—dijo el dependiente;—quizás esté en la imprenta de Baroja.

Fueron a la Plaza de la Constitución y entraron en los arcos. Alzate llamó con los nudillos en una puerta próxima al Ayuntamiento, y pasaron adentro. El olor acre de la tinta de los rodillos y del papel mojado denunciaba la imprenta. Pasaron la tienda y entraron en un taller bajo de techo. A la luz de dos lámparas colgadas de un alambre, colocado horizontalmente a cierta altura, se veían las cajas, las prensas, los tinteros y las resmas de papel. En el techo había hileras de cuerdas de las que colgaban papeles impresos.

Había varias personas en la imprenta. Al principio al entrar en ella no se las veía. Uno estaba como en una hamaca sostenido en las cuerdas del secadero de papeles, otro encaramado sobre las cajas y un tercero encima de un montón de papel.

Alzate presentó a Aviraneta al impresor y a su hermano y el impresor después presentó a don Eugenio a los que estaban allá que eran Legarda, Zuaznavar, Orbegozo y Arrillaga. Todos ellos liberales se reunían a comentar los sucesos del día en la imprenta de Baroja.

En esta imprenta se tiraba por entonces La Estafeta, periódico realista de don Sebastián Miñano que había sucedido a la Gaceta de Bayona después de la Revolución de Julio.

La protección de Miñano hacía que aquella imprenta fuera un lugar seguro para los liberales. Aviraneta después de ser presentado habló de las entrevistas que había celebrado con Mina y de la necesidad que tenían de contar con una base de operaciones en San Sebastián. Cuando acabó de explicarse Aviraneta, tomó la palabra uno de aquellos señores, el que estaba sentado en las cuerdas del secadero, don Vicente Legarda.

Dijo que estaba bien pensado lo dicho por Aviraneta lo cual no era obstáculo para que la realización del proyecto fuera muy difícil o imposible. Respecto al espíritu público de San Sebastián en la mayoría del pueblo era liberal, pero no se podía contar ni con la guarnición ni con el elemento civil. El paisanaje no tenía contacto alguno con los soldados y a éstos les estaba prohibido expresamente hablar con la gente de la ciudad.

—¿Y qué se podría hacer para ganar a los oficiales?—preguntó Aviraneta.