—No sé—contestó Legarda.—Me parece una gran temeridad emprender la seducción de los oficiales no contando con mucho dinero.

—¿No hay liberales en el ejército?

—Sí, pero estamos actualmente dominados por los realistas. El capitán general D. Blas de Fournás es un francés realista, el segundo cabo don Juan de la Porte-Despierres también; el jefe político Gironella es indefinido, y el gobernador del Castillo de la Mota es como la mayoría de los jefes acérrimo realista. Entre las autoridades de Marina ocurre lo propio; D. Pedro Hurtado y D. Francisco Echezarreta son los dos absolutistas. Como usted ve el momento no es muy propicio. Sin embargo, si se cuenta con dinero intentaremos ganar a los cabos y a los sargentos, principalmente a los del Castillo de la Mota que es la llave de la ciudad. Ganados el castillo y la plaza se presentaría una nueva dificultad de mucho bulto—añadió Legarda;—el proveer la ciudad de víveres necesarios para sostener el sitio que nos pondrían por mar y tierra. El resultado inevitable sería sucumbir a los pocos días atrayendo un sin fin de desgracias a la población y a los que se comprometieran en la defensa. Por estas razones que me parecen de peso, creo que el plan limitado al alzamiento único de San Sebastián no es práctico. Si los emigrados contaran, como ha dicho Aviraneta, con la plaza de Santoña y con elementos en el interior de España entonces sí se podría esperar el triunfo, y trabajaríamos con entusiasmo, pero repito que aun así no se puede hacer nada más que a fuerza de mucho dinero.

Las palabras de Legarda eran sensatas, lógicas y los que estaban en la imprenta las suscribieron. Alzate y Aviraneta se despidieron de todos y salieron a la plaza.

Alzate llevó a dormir a su primo a una casa de su confianza.

Al día siguiente Aviraneta quiso hacer nuevos intentos; por la mañana Ochoa y él salieron con sus carros de carbón y los llevaron a una venta del camino de Astigarraga. Al anochecer entraron de nuevo en San Sebastián, y Aviraneta fué a visitar solo al barón de Carondelet y a dos oficiales liberales. Después de su visita quedó convencido de que no se podía hacer nada.

Al otro día al abrirse la puerta de Tierra salió don Eugenio camino de Astigarraga. Una muchacha alta marchó casi al mismo tiempo que él y se detuvo en la misma casa, a cuya puerta estaba Ochoa.

—¿Qué? ¿vamos?—preguntó Aviraneta.

—Sí, ya están uncidos los bueyes. Esta señorita viene con nosotros.