—¿Esta señorita?

—Sí. Es la hermana de Tilly.

—¿Y qué extravagancia es esa de querer venir en un carro?

—Así si me buscan no me encontrarán—replicó ella.

Margarita Tilly guardó la mantilla y se ató un pañuelo a la cabeza a estilo de casera. Llevaba corpiño, delantal y alpargatas.

—Vamos—dijo y tomó una cesta al brazo, y comenzó a marchar.

Margarita Tilly era una muchacha de cara larga y expresiva, tenía los ojos azules, brillantes y oscuros, llenos de audacia, el mentón algo pronunciado y el pelo rubio. Había cierta asimetría en su rostro, aunque no tanta como en el de su hermano, asimetría que le daba gracia.

—No sé si le tomarán a usted por una aldeana—dijo Aviraneta—me parece usted demasiado bonita.

—Muchas gracias, don Eugenio—exclamó ella riendo.