—No es galantería. Es precaución. Si a usted la cogen la llevarán de nuevo a casa de sus parientes de San Sebastián, a nosotros por de pronto nos meterán en la cárcel.

—Bah, don Eugenio. Usted no tiene miedo a eso.

—Parece que me conoce usted.

—Sí, Ochoa me ha hablado de usted.

—Cuando pasemos por los pueblos apártese usted de nosotros y tome usted el aire más estúpido posible que pueda usted tomar—recomendó Aviraneta.

—Bueno, así lo haré.

Varias veces Margarita subió al carro que dirigía Aviraneta. Ochoa que iba detrás se le acercaba a echarla flores.

—¡Eh! ¡Eh!—decía Aviraneta.—¡Atzera! ¡Atzera! (¡Atrás! ¡Atrás!)

No ocurrió nada en el camino, pero al acercarse a media tarde a Irún, Aviraneta se encontró con un viajero elegante que iba en un cabriolé y que se paró al verle.