Madama Luxe tenía varios galanteadores en Ustariz. Uno de ellos era un tal Iragaray, hombre caballeresco, aunque un poco perturbado. Iragaray había pasado por una porción de chifladuras que le duraban una temporada más o menos larga. La última era la preocupación por las botas. En esta época, todo el calzado que compraba o le hacían le venía mal, lo que a Iragaray le entristecía profundamente.
Esta preocupación la compartía con el amor de madama Luxe, amor tímido y respetuoso que guardaba en el fondo de su alma. El comprendía que sólo madama Luxe le hubiese podido curar de esta cavilación transcendental del calzado.
Iragaray, cuando veía a una persona que estaba a gusto sobre sus zapatos la envidiaba y le tenía por un ser superior.
Si llegaba a ganarse su confianza, la primera pregunta que le hacía era ésta:
—Perdone usted, caballero; ¿quiere usted hacerme el gran favor de decirme dónde se ha hecho usted esos zapatos?
El preguntado, que no comprendía que contestar a esta pregunta fuera ningún gran favor, decía en qué pueblo y en qué zapatería se hacía las botas. Iragaray se preparaba para hacer un viaje, se encargaba un par de zapatos y volvía radiante; pero a los cuatro o cinco días se le veía haciendo muecas de descontento, y tenía que coger los zapatos nuevos y llevarlos a un rincón, spoliarium de sus ilusiones.
Durante algún tiempo Iragaray veía todo negro, como si el mundo entero estuviera recubierto de betún, hasta que encontraba una persona con unos zapatos, que le llegaban al alma. Si esta persona le era desconocida, Iragaray sufría hasta poder hacerla la pregunta de dónde se hacía los zapatos.
Iragaray se había enamorado de madama Luxe, y abandonaba la zapatería por el amor. Le había contado sus cuitas a Miguel, quien le había recomendado mucha prudencia.
—Todo esto va a acabar con unos cuantos zapatos más en el guardarropa de Iragaray—decía madama de Aristy.
—Lo malo es que para el pobre hombre cada par de botas es un desengaño—añadía Miguel.