—No te duermas, mamá—le decía el chico.

Margarita se sentaba en la escalera de piedra, adornada con tiestos, un escalón más bajo que Dolores, como en adoración, y solía estar hablándole y jugando con los chicos.

Contaba a su amiga su vida y explicaba sus ideas. Dolores daba su opinión mientras hacía algún trabajo de costura o de media.

Cuando Dolores tenía que trabajar, Margarita con los chicos salía fuera por los campos. Se había ganado la amistad de Grashi Erua, la loca, y de un chiquillo de diez o doce años, atrevido, a quien llamaban Chistu.

Grashi Erua llevaba flores a Chimista y jugaba con Miguelito, por quien tenía gran cariño.

Grashi Erua vivía en la miseria; los aldeanos que se habían hecho cargo de ella se habían enriquecido despojándola. Luego, viendo que nadie se presentaba a reclamarla, la quisieron obligar a trabajar en el campo y a servirles de criada, pero ella no obedecía. Era un ser montaraz e indomable. A veces se la veía en medio del bosque o a la orilla de un arroyo con una guirnalda de yedras o de muérdago en la cabeza, cantando una canción triste. Al principio los chicos le tiraban piedras, pero llegaron a tener por ella cierto temor.

Grashi Erua solía entrar en Chimista cuando le parecía, ayudaba a alguna cosa a Dolores; pero en general no hacía más que jugar. En invierno se metía en la cocina cerca del fuego, y allí charlaba de una manera confusa e incoherente.

Chistu, el chico vagabundo, era un pillastre a quien le gustaba la libertad y el aire libre. Estaba negro por el sol y tenía una cara viva de granuja. Aquí pescaba o se bañaba, allí se subía a los árboles y venía con una ardilla o con una lechuza viva que había cogido.

Margarita era la capitana de aquella tropa menuda. Grashi Erua, Chistu y los pequeños le obedecían sin réplica.

Todo el día se pasaba Margarita en Chimista. En cambio a Gastizar iba poco, y aunque pasaba por delante no se detenía nunca.