Charlaban los dos amistosamente largo tiempo.

—Usted también habrá sido un conquistador, Miguel—le decía ella.

—Yo, no. Las mujeres me han hecho poco caso, Margarita; lo mismo de joven que de viejo.

—¡Bah! No le creo a usted.

—Pues es cierto. Sin duda yo no he tenido nunca grandes atractivos para las damas.

Margarita no se convencía. Un día creyó que Miguel era un corruptor.

En el piso bajo de Chimista vivía un matrimonio joven que trabajaba en los campos. El era un muchacho nacido en un caserío próximo; ella, la hija de un jardinero de Gastizar. Este jardinero, un normando alto y rubio, había venido de guardia de Aduanas y se había quedado en Gastizar. Fanchon, su hija, había nacido allá. Era Fanchon una mujer con un aire selvático; la sangre normanda de su padre mezclada con la vasca de su madre había dado un hermoso producto. Era rubia, blanca, con los ojos azules.

El día que la vió Margarita hablando con Miguel estaba dando de comer a los cerdos y a las gallinas, riñendo a toda la tropa con los pies metidos en los zuecos y un pañuelo en la cabeza.

En el corral, una vieja flaca y acartonada, la boca sin dientes, la cara llena de arrugas, tenía un niño rollizo en brazos.