—Estás guapa, Fanchon—le decía Miguel con cierta tristeza cómica.—Yo me debía haber casado contigo y esa criatura sería mía.
—A buena hora se acuerda usted—replicó ella con desgarro.—¿Por qué no lo pensó usted antes?
—¿No podríamos empezar todavía, Fanchonette?
—No.
—De manera que Praschcu, ese imbécil de tu marido, exige fidelidad.
—Como la exigiría usted.
—¡Qué pena!—exclamó Miguel con melancolía burlona.—¡Yo! ¡Que te he tenido en brazos cuando eras niña! ¿No podría tener un poco de derecho?...
—Ninguno.
—Eres muy cruel, Fanchon.