Como no especificaba nada, Aviraneta dijo:
—Vamos a interrogar a la madre del niño. ¿Quiere usted llamarla?
Aristy llamó a su cuñada, que entró llorando a lágrima viva.
—Una pregunta nada más—le dijo Aviraneta.—¿Tiene usted algún motivo para suponer que una de las mujeres que vive en el Chalet de las Hiedras le odia a usted?
—Sí, algún motivo tengo, porque hace unos días me envió las cartas que le había escrito mi marido a ella.
—¿Las tiene usted ahí?
—No, las rompí.
—¿Usted supone que se las envió la más joven de las dos, Simona?
—Sí.