Después de discutir largo rato se ha resuelto que Leguía con su partida vaya a Vera.
—Usted no ataque—le ha encargado Valdés delante de mí.—La cuestión es ver qué disposiciones tienen las tropas realistas para nosotros. Si ataca usted va a decir Mina que somos unos locos, y si fracasa la expedición asegurará que es nuestra la culpa.
—¿Quiere usted que vaya con él, mi general?—le he dicho a Valdés.
—Sí; vaya usted.
—Quizás quiera venir conmigo Ochoa.
—Que vaya.
El Inglesito al enterarse ha pedido también venir con nosotros.
Leguía ha llamado a sus sargentos y ha dado la orden de que para las dos de la mañana esté la partida formada en la plaza. Leguía, Ochoa, el Inglesito y yo vamos a caballo. Llevamos una pieza de artillería montada en un mulo.
A las dos y media la columna se ha puesto en movimiento. La noche estaba oscura; hemos pasado por una calle con casas hermosas, grandes, hemos salido del pueblo y cruzado por delante de la cueva de las brujas y por el Arroyo del Infierno, después hemos seguido a campo traviesa hasta descansar, al amanecer, en unos caseríos de Sara.