Anatólico parecía un barco encallado en las rompientes.
Las orillas de la albufera de Missolonghi eran áridas, cubiertas de algas y musgos verdes, que se corrompían en las mareas bajas, produciendo emanaciones pestilentes.
Afortunadamente, el viento del mar soplaba con fuerza y purificaba el aire; si no, no se hubiera podido vivir en las inmediaciones.
Mirando desde el mar al monte Aracinto, se veía una mole seca, pedregosa, terrenos plutónicos, con ruinas de murallas y de pueblos.
Al pie del monte y al borde de la laguna había un mal camino, que tenía a la orilla algunas miserables cabañas de pescadores, camino que, con la lluvia, se convertía en un arroyo pantanoso.
Varias veces recorrí este camino con el caballo hundido hasta los ijares, mientras los patos salvajes pasaban revoloteando por encima de mi cabeza.
A un lado de Missolonghi, ya fuera de la laguna, en las estribaciones del Aracinto que daban hacia el mar, había una planicie que se llamaba la llanura Lelante o Anachaida, que estaba cruzada por un río, el río Fidaris o Ebenus, seco si no llovía y torrencial cuando caían unos cuantos chaparrones.
Este río tenía dos afluentes: el de Galata, que pasaba por un pueblo en ruinas del mismo nombre, y el de Hypochori.
Al borde del río Ebenus se veía un pueblo en ruinas, con restos de castillo y murallas, a quien los naturales llamaban Plevrone, porque había una segunda Plevrone, también en ruinas, en la parte del Aracinto, que daba a la laguna, entre Missolonghi y Anatólico.
A poca distancia de la llanura Lelante, en una pequeña bahía, estaba Barasova, pueblecillo con una vieja torre ruinosa.