La hada del Fénix, miss Barnett, tuvo mal éxito en su empresa. Lord Byron se empeñó en no verla, y, por más cartas, avisos y recados que le envió, el poeta no quiso acceder a hablar con ella. El coronel Stanhope la recibió muy fríamente. Un hombre como el coronel, que tenía a Byron por poco práctico, naturalmente, tenía que mirar con desdén la fraseología poética de segunda mano de miss Barnett.
El elemento militar griego con que se contaba era muy malo. Estaba formado por montañeses, algunos verdaderos bandidos, y pescadores.
A los montañeses, a unos llamaban palikaros y a otros suliotas. Los palikaros eran los de la parte de Morea, y los suliotas de Suli.
Unos y otros despreciaban profundamente a los griegos, sobre todo a los griegos cultos, a los que llamaban phanariotas. Los palikaros y los suliotas tenían costumbres parecidas a los turcos. Unos y otros eran pésimos soldados, insubordinados y rebeldes. Al morir Marcos Botzari en el Epiro, recomendó a lord Byron un pelotón de suliotas. Byron quiso aceptarlo como su guardia, y le asignó mil duros al mes; pero eran los cuarenta suliotas tan turbulentos, tan mentirosos, tan enredadores, que Byron los despachó, los incorporó al resto del ejército y les siguió dando su asignación.
El gobernador de Missolonghi pensó que dar tanto dinero a los suliotas era un absurdo, e intentó emplearlo en otros fines, pero los suliotas se le sublevaron.
Mac Clair y yo fuimos destinados a la fortificación de Missolonghi.
Missolonghi era una aldea pobre y sin ningún atractivo. Mac Clair y yo pensamos en ir a vivir al pueblo, suponiendo lógicamente que los habitantes tendrían entusiasmo por los extranjeros llegados allá para defender el país, y nos encontramos con todo lo contrario.