Entonces se pensó que Missolonghi podía ser el baluarte de la independencia griega, y se la quiso poner en condiciones de sostener un sitio en regla.

Los oficiales de artillería y los ingenieros, entre ellos Mac Clair, hicieron los planos de las nuevas fortificaciones y se comenzó a trabajar.

Primeramente se restauró la muralla por la parte de tierra y por la del mar, revistiendo los sitios débiles con piedras y argamasa.

Durante más de dos semanas tuve yo que ir al monte Aracinto con los trabajadores griegos a unas canteras a sacar piedra.

Un italiano del Piamonte, Josué Magnani, que llevaba algún tiempo allí, y un joven alemán, Werner, iban conmigo de intérpretes.

El trabajo se prolongaba mucho, porque los missolonghiotas no eran partidarios de un esfuerzo asiduo y constante. Los franceses, alemanes e ingleses, que hubieran sido buenos obreros, no querían hacer estos trabajos pesados.

Hermann Werner, el alemán que me acompañaba, era un muchacho muy instruído. Sabía el griego antiguo y estaba aprendiendo el moderno, y tomaba notas de todo cuanto veía.

Werner me explicaba las ideas y las preocupaciones de los griegos.

Me dijo que éstos consideraban el monte Aracinto como un lugar misterioso, poblado por seres imaginarios, faunos, panes, egipanes y tityros. Comentando las hazañas de estos monstruos u oyendo cantar a los tordos los griegos pasaban demasiado tiempo sin hacer nada.

En el monte Aracinto había una ermita sobre una roca, dedicada al profeta Elías. A esta ermita se subía por una escalera pendiente, cuya pared de roca estaba llena de ex votos. Cerca de esta ermita, en un grupo de árboles, solíamos almorzar Magnani, Werner y yo. Muchas veces oíamos a los zagales que tocaban una flauta de caña rodeados de sus cabras.