Nos contó Magnani que un viejo ladrón de Anatólico fué un día a la ermita con un saco y se llevó todos los objetos de oro, de plata y de pedrería que había allí.

El ladrón anatolicense decía:

—Virgen soberana, permite que te despoje de esta corona que te ofreció un canalla, ladrón y usurero; deja que me lleve esta alhaja, regalo de un asesino, manchado con mil crímenes. ¡Malditos sean!

El ladrón anatolicense llenó su saco y se fué; pero al ir a vender las alhajas fué preso, y el gran visir le mandó ahorcar.

El alemán se reía al oír esto a carcajadas.

Magnani, Werner y yo recorrimos el Aracinto a caballo, y llegamos, en nuestras excursiones, a una sierra de montañas, llamada Rachi, y pasamos el desfiladero de Cleisura.

Werner solía leernos un trozo de la Ilíada en griego y luego nos lo traducía.


En vista del terrible fracaso de miss Barnett, decidió marcharse de Missolonghi a Siria a buscar a su tía lady Stanhope. La criada Susana no quiso seguirla. Susana decidió hacer una barraca junto a la nuestra y poner una cantina. A mí me pidió mi opinión.

—Sí—le dije yo—. Estaría bien si esto durara pero yo no veo que esto vaya a durar. El mejor día nos tendremos que marchar todos.