—¿Por los turcos?
—No, porque no nos pagarán.
Susana no tomó en cuenta estas razones y se decidió a quedarse, y consiguió que los soldados le hicieran un barracón de madera, cubierto de tejas, donde puso su cantina.
Una mujer como aquélla, guapetona, valiente y que estaba dispuesta a hacerse rica, tuvo un gran número de pretendientes. Según la voz general, Werner y yo hubiéramos sido los favorecidos; pero Werner leía demasiado a Homero, y yo demasiado a Schelley y a Goethe para entusiasmarnos con la cantinera.
Los tres rivales de la bella Susana eran Magnani, un jefe de policía de Missolonghi y un armatola o capitán de los palikaros, que era un hombre bruto, feroz, que le gustaba amenazar a las gentes. Este armatola andaba con unos soldados harapientos, todos armados hasta los dientes.
Una noche estábamos de tertulia en la cantina de Susana el policía, Werner, Magnani y yo, y otros dos o tres, cuando fueron entrando los palikaros con sus fusiles y se apoderaron de la tienda. Después entró su armatola. Venía envuelto en una gran capa de lana blanca. Estaba borracho. El policía se acercó a él a preguntarle qué significaba aquella invasión. El armatola no le contestó, le dió un empujón y le escupió a la cara. Después, acercándose a Susana, la agarró de la cintura. La cantinera no se inmutó y se defendió sin dar importancia al ataque.
El capitán de los palikaros se acercó a Werner y a mí con intenciones agresivas. Yo tenía la pistola cargada dentro del bolsillo. El palikaro, al ver nuestra impasibilidad, cambió de aspecto, se sentó en una mesa y pidió café. Magnani y el policía habían desaparecido. El jefe palikaro se puso a tomar café, ceñudo y sombrío; sus soldados se fueron marchando. Era el armatola hombre joven, moreno, vestía una blusa de mangas abiertas, pantalones anchos, polainas, un gorro rojo y un cinturón de cuero, donde llevaba el pañuelo, la bolsa, un puñal y una pistola.
Iba Susana a cerrar la cantina y nosotros a salir cuando apareció de nuevo Magnani y el policía griego. Magnani venía con un aire torvo, con los dientes apretados y los ojos brillantes.
El policía griego avanzó con aire amable, se acercó al palikaro, le quitó el puñal y la pistola, y, de pronto, le dijo algo feroz y terrible y le escupió en los ojos.