El palikaro se levantó, pero Magnani le dió un empujón y le hizo sentarse de nuevo.

—¡Ladrón! ¡Cobarde!—le gritó el griego al palikaro—, insultas cuando estás entre los tuyos, ¡perro!

—Y solo también contra ti.

—Vamos ahora mismo—gritó el griego,

—Vamos.

Salimos todos de la cantina. Era todavía de noche. Una fila de luces de las barcas de los pescadores se veía en el mar obscuro, y se oía el ruido de las olas, que se estrellaban acompasadas en la costa. Amaneció. Werner trató de que se hiciera un desafío en regla, pero el griego y el palikaro no querían esperar.

Se les dió a cada uno un sable y se les puso frente a frente.

En aquel momento sonó un tiro, y el palikaro cayó muerto con la cabeza abierta.

No nos quedó duda de que entre Magnani y el policía griego habían preparado la muerte del montañés. Al poco tiempo, Magnani desaparecía de Missolonghi. Susana la cantinera siguió dando esperanzas y buenas palabras al policía, hasta que un día traspasó la cantina y se marchó con un comerciante turco a Constantinopla.