Cuando se concluyó de sacar piedra, volvimos a trabajar en la muralla. Cada uno de los baluartes que se construiría llevaría el nombre de algún héroe o de algún personaje relacionado con la independencia griega. El primer baluarte se denominó de Marcos Botzari. Comenzando por éste, y dando la vuelta al recinto fortificado, estarían la torre de Coray, la batería del general Norman, la batería Miauli, el baluarte Franklín, la batería Tokeli, la torre de Guillermo Tell, la torre de Kosciusko, la batería Kiriaculi, la tenaza de Montalembert, la batería de Rhigas, la luneta de Orange y la batería Macris.
Estos baluartes y fortines quedarían próximos uno de otro; por el lado de tierra habría un gran foso para defender la entrada de la ciudad.
Ocupados en esta obra, apenas nos enteramos de lo que ocurría en Missolonghi.
Todo el mundo iba a ver a lord Byron, a hablarle de sus asuntos, a exponerle sus quejas; yo no quería molestarle, y así sucedió que no le llegué a conocer.
El poeta, al parecer descontento, determinó bajar a tierra lo menos posible y recibía las visitas y las comisiones en su barco.
Byron pretendió poner un poco de orden en la anarquía griega y dar fin a las rivalidades de los jefes.
La cosa fué imposible; la discordia era cada vez mayor y estallaba a cada paso, hasta dentro de la misma brigada que mandaba el lord, entre los suliotas que le había recomendado Marcos Botzari a su muerte.
Al parecer, se seguía pensando en la expedición contra Lepanto, pero los preparativos eran muy lentos.
En esto comenzó a correr la voz de que la salud de Byron se hallaba muy quebrantada, por los repetidos ataques de fiebre y por los continuos disgustos.