La mayoría de la gente pensaba que el poeta no duraría mucho. Un día de abril se dijo que había hecho una salida a caballo, se había mojado y que guardaba cama.
Una semana después, nuestro lord moría, a consecuencia de una inflamación cerebral. Se le hicieron grandes exequias, y todos los jefes griegos aparecieron muy unidos... y muy contritos.
Dos días más tarde, Mac Clair, que seguía enfermo, me pidió que fuera a ver al coronel Stanhope, para preguntarle qué íbamos a hacer.
Stanhope me dijo que, probablemente, reembarcaríamos, y añadió:
—Yo me he comprometido con lord Byron a dirigir la campaña, porque el poeta era un inglés de cuya palabra se podía uno fiar; pero no me pasa lo mismo con los jefes griegos que hoy afirman una cosa y al día siguiente la contraria.
Le pregunté si tendríamos barcos para todos y me contestó que era una dificultad que había que resolver como se pudiera.
—¿El coronel Mac Clair y yo tenemos entonces libertad para marcharnos, si encontramos ocasión?—le pregunté.
—Desde luego.
—¿Quedamos desligados de nuestro compromiso?