—En absoluto.


Como yo sabía el espíritu de contradicción y de suspicacia que había entre los griegos y su poca simpatía por los extranjeros, hice la gestión ante el Comité, para que nos reconocieran a Mac Clair y a mí nuestros grados. El Comité rechazó la petición, y nos encontramos libres para abandonar Grecia.

Solía ir desde entonces todos los días al puerto a averiguar si llegaba algún barco. Un día vi bajar de una lancha a un caballero elegante, de frac azul, con botones dorados, pantalones de paño gris y chaleco blanco de piqué.

Era el hombre rubio de la Sala de Cortes de Sevilla que me habían dicho que había sido capitán del Empecinado.

—Yo le conozco a usted de Sevilla—le dije.

—¡Es verdad! ¡Qué extraña casualidad!—exclamó él, al decirle dónde le había conocido.

Nos estrechamos la mano. Le conté mi historia y él me contó la suya.

Este hombre era Aviraneta. Me dijo que había ido a ver a un consignatario, para tomar una plaza en la corbeta Egina, que iba a partir, de un momento a otro, con rumbo a Nápoles. Pedimos pasaje Mac Clair y yo en ella, y nos dieron dos de tercera, porque ya no había otros.

Le preguntamos a Aviraneta dónde vivía en aquel momento.