Lord Byron me recibió y me dió la mano. Me chocó la impresión de la mano; llevaba guantes de seda de color de carne. Vestía bata y gorro griego rojo. Su figura era hermosa, sobre todo la cabeza, pero no tenía aire de serenidad ni de fuerza; parecía una mujer. Sus rasgos eran demasiado correctos, y su cuello, que llevaba desnudo, me pareció excesivamente redondo.
—Siéntese usted—me dijo.
Me senté.
—¿Habla usted inglés?
—No, sólo francés.
—¿No ha leído usted mis versos?
—No, Excelencia.
—¿No ha perdido usted nada?—dijo él riendo.
—Creo que sí—le contesté yo—; pero mi vida ha sido muy activa y mi educación descuidada.
—El cónsul de Alejandría me recomienda a usted eficazmente. ¿Qué quiere usted de mí?