Entonces yo me levanté, me cuadré e hice la señal de reconocimiento como masón del rito escocés. A su vez se levantó él y me correspondió.

—Cuénteme usted un poco su vida.

Yo le conté mi vida.

El cura Merino, el Empecinado, los carbonarios de París, las conspiraciones, la lucha contra Angulema, la escapada hasta Gibraltar, la vida en Tánger y en Alejandría.

—¡Y todo eso con poco dinero! Sin medios—exclamó el lord, y añadió en español chapurrado de italiano—: ¡Per Bacco! ¡Que es usted un hombre!

Al hablar, el lord mezclaba juramentos de todos los países.

Me preguntó si había llevado mi equipaje al Cefaloniota. Le dije que no. Me encargó que lo trajera inmediatamente y que no dijera a nadie que era español, y mucho menos emigrado constitucional, y que no saltara a tierra. Tocó un timbre, llamó a un oficial y habló con él en inglés.

Acompañado de este oficial, bajé a un bote que llevaba la bandera inglesa, y me senté a popa sobre un tapete de seda. Llegamos a la goleta Chipriota. Subí. El capitán Spiro desembalaba unas cajas de fusiles y pistolas.

A bordo había dos comisionados del gobierno griego, de grandes bigotes negros, acompañados de cuatro soldados con fusiles.

—Son de la policía política—me dijo el capitán Sarompas—, y si no fuera porque pasa usted por inglés y tiene usted tanta influencia con lord Byron, le detendrían. Las cosas están muy embrolladas en tierra.