Volví al Cefaloniota y me llevaron el equipaje a un camarote. Lord Byron estaba conferenciando en aquel momento con unos comisionados griegos de Missolonghi. Concluída la conferencia, salieron los comisionados y el lord a cubierta. Entonces noté la cojera de Byron. Se acercó a mí. Estaba jovial.

—Ahora vamos a almorzar, señor guerrillero—me dijo.

Comían a su mesa su segundo, un médico, el doctor Bruno y el oficial de guardia, todos de uniforme.

El lord me habló de las cosas de España, de Sevilla y de Cádiz, de una corrida de toros que había visto, y me recitó, como un inglés puede recitar en español, trozos de Garcilaso de la Vega y de los romances del Cid.

Me preguntó también si la clerigalla (ésta fué su palabra) seguía mandando en España.

De cerca, lord Byron daba la impresión de un hombre raro, medio afeminado, pero no débil, ni mucho menos. En el almuerzo apenas comió mas que golosinas, unas coles en vinagre, unas sardinas, frutas y un pedazo de queso inglés. En cambio, bebió bastante vino de Asti.

Como vió que yo no bebía vino, dijo:

—¡Qué extraño! Estos españoles ni comen ni beben. Con una aceituna y un vaso de agua con azucarillo, ya están despachados.

Después de almorzar nos sirvieron café, y como vió que yo lo tomaba a gusto, hizo el lord que me sirvieran más.

Después de almorzar nos levantamos y nos hicimos todos grandes reverencias. Su Excelencia fué a despachar sus asuntos y nosotros a fumar a la Cámara de Oficiales.