Me presentaron a unos y a otros, y nos saludamos solemnemente.
Toda esta ceremonia inglesa me fastidiaba un poco.
Después de fumar, me avisó el criado Tita que fuera a ver a Su Excelencia. Entré en su habitación.
—Veo, por lo que me ha contado usted—me dijo el lord—, lo que ha sufrido usted por la libertad. Usted ha andado por países civilizados, por países como España, donde queda una gran cultura de sentimientos; aquí, no; aquí no queda nada de la Grecia antigua. Soy de la opinión de San Pablo, que decía que no hay diferencia entre los judíos y los griegos. El carácter de los dos es igualmente vil. El griego actual no es sólo envidioso, malo y vengativo, sino que es abandonado y sucio.
Es un degenerado. No tiene fe en nada. Allá en España confiaban ustedes en el compañero; aquí no se puede confiar en nadie. Aquí se tiende usted a dormir en el campamento, y al día siguiente le han robado el reloj o el pañuelo, si es que no le han cortado la cabeza. Además de esto, los patriotas griegos tienen una gran hostilidad contra el extranjero, y hasta a nosotros mismos, que hemos venido aquí a luchar por su libertad, nos odian.
—No me diga más Su Excelencia—le indiqué yo—; si esto es así, me voy inmediatamente.
—No—me contestó él—. Espere usted. Es usted el único español que ha acudido a secundar mi empresa, y no quiero que pueda decir que no he hecho por él todo cuanto esté en mi mano. Quédese usted aquí unos días en el barco. Supongo que le convendrá descansar, porque, indudablemente, está usted débil.
Todo el mundo, al verme delgado y pálido, suponía lo mismo. En los días sucesivos ocurrió lo propio. Byron me hizo mil preguntas, se rió, recitó versos; y cuando yo le decía si había pensado algo para mí, me contestaba que esperase.
Un día me preguntó claramente.
—¿Qué echa usted de menos aquí o qué le estorba? Dígamelo usted claramente, dígamelo usted con la franqueza de un nieto del Cid.