Se vaciló en defender la villa o en abandonarla. Alba de Tormes, a pesar de estar en un llano, tiene buenas condiciones para la defensa. El 28 de noviembre de 1809 el general don Gabriel de Mendizábal supo resistir allí a la terrible caballería de Kellerman, y, más tarde, don José Miranda Cabezón defendió el pueblo y el castillo durante largo tiempo.
Después de varias deliberaciones se decidió, en caso de ser atacados, fortificar el puente del Tormes, y se dejó en la villa al Capitán Mala Sombra con sus vaqueros y a Lagunero con los soldados de Farnesio, que quedarían vigilando los alrededores y patrullando por las avenidas.
Nos encontrábamos en esta situación, cuando el Empecinado cayó enfermo con un ataque que al principio nos pareció de parálisis. Había quedado don Juan Martín rígido, frío y sin habla; al moverle debía de sufrir grandes dolores, porque lanzaba quejidos inarticulados.
Como no teníamos médico, ni aun siquiera cirujano, decidimos trasladar al general a otro pueblo.
No podía sostenerse en el caballo, porque se caía a un lado y a otro. En vista de esto, buscamos una escalera ancha y corta, que colocamos entre dos mulas, a manera de litera, y sobre unos costales de paja pusimos al general y fuimos a paso de andadura camino de la villa de Tamames. Escoltando la litera íbamos el Chiquet y yo, con un piquete de quince soldados de a caballo.
VI.
EL CAPITÁN MALA SOMBRA
Llegamos a Tamames; fuimos a casa del alcalde, que era liberal; acostamos a don Juan Martín, le dimos una pinta de vino con azúcar y le abrigamos con tres mantas.
Me quedé yo en el cuarto velándole. Pasé allí unas doce horas. Estaba dormitando en el cuarto cuando el enfermo levantó una de las manos en el aire y comenzó a murmurar.
—Aviraneta—me dijo con voz débil.
—¿Qué hay? ¿Vas mejor?