—Sí, ya se me van suavizando los dolores. Necesito que vuelvas a Alba de Tormes.

—Como quieras.

—Vete, y diles a mi hermano Dámaso y al coronel Maricuela que, si se empeña alguna acción con el enemigo, que la mande el Capitán Mala Sombra.

—Está bien.

—Que le obedezcan como a mí.

—Bueno; se lo diré.

—Vete en seguida.

Salí del cuarto, llamé al Chiquet y le dije que preparara los caballos, porque teníamos que volver. Los preparó, montamos y nos dirigimos al galope en dirección de Alba de Tormes.

Era media noche; el cielo estaba claro y estrellado. Al llegar al soto inmediato al camino real nos dieron el alto. La infantería nuestra y parte de la caballería estaba acampada allí. El centinela llamó a la guardia y yo fuí con ella a un cobertizo en donde estaban alojados don Dámaso Martín y el coronel Maricuela. Les desperté, les dije la orden que me había dado el general y se avinieron a obedecer a Mala Sombra.

Hecha esta comisión, fuí a buscar al jefe de los vaqueros en su alojamiento de Alba de Tormes.