—Tengo que verle de orden del general.

—Vamos.

Pusimos nuestros caballos al trote, y en un instante llegamos delante de una casa; me apeé, empujé la puerta y entré dentro. Subí una escalera estrecha y apolillada y llamé en un cuarto. Antes de que contestaran tardaron algún tiempo. El sargento Juan de Dios se había quedado hablando con el Chiquet en la calle y les oía charlar.

Al cabo de unos minutos se abrió la puerta del cuarto y apareció Mala Sombra con un candil en la mano.

—Adelante—me dijo—, ¿qué le trae a usted a esta hora?

—Vengo con un encargo del general Empecinado.

—Estoy a sus órdenes—contestó—; siéntese usted.

Acerqué una silla a la mesa y me senté. Vi que sobre ella había papeles escritos, llenos de tachaduras, con renglones pequeños que me parecieron versos.

Mala Sombra recogió, lo más disimuladamente que pudo, sus papeles y los guardó en el cajón de la mesa.

—Como sabe usted—le dije—, don Juan Martín ha caído enfermo y ha sido trasladado a la villa de Tamames. Hoy, que ha podido empezar a hablar, me ha expresado el deseo de que en su ausencia se ponga usted al frente de todas nuestras fuerzas.