—Seis y siete reales al día.

—¡Bah! Eso no es nada. Se puede pagar el doble.

—¿Y si se enteran y copian los dibujos de los bordados?

—No; no tienen tiempo. Usted les dice que es un encargo que ustedes tienen y les da los bolsillos ya dibujados.

Al día siguiente se compró el material y comenzó a cortarse el tafilete. Tarrius tenía la alta dirección. Moreno Guerra y yo calcábamos los dibujos, los agujereábamos con un alfiler y, después, con una muñequita llena con polvo de carbón, estampábamos y perfeccionábamos los dibujos con lápiz.

Al día siguiente Mesoda trajo cinco obreras judías, que las llevó a la sala del piso bajo, que antes ocupábamos nosotros.

Moreno Guerra y yo seguimos dibujando; el Niño de Baza cortaba; Agar y Raquel, la hija mayor y la pequeña, cosían, y Sara y Esther quedaron al frente del bordado. Las nuevas obreras eran mejores trabajadoras que las de casa.

Se envió la primera remesa a Gibraltar y llegó el dinero en seguida. Cerca de quinientos duros. La viuda de Toledano quedó loca de contenta. Quería dar dinero a Tarrius, pero le dolía desprenderse de él. Le hacía continuas zalamerías. ¡Era tan bueno! Sus hijas y ella no se olvidarían nunca de lo que había hecho en su obsequio.

Mesoda tenía la angustia de ganar, y no se preocupaba de nada más.

Yo veía al Niño de Baza que intimaba mucho con Sara la roja, pero también lo veía la madre y parecía que no daba importancia a la cosa. A Borja Tarrius le llegaban enfermos que iban a consultarle. Borja se limitaba a recomendar prácticas higiénicas.