Llevábamos veinte días en Tánger, cuando recibí una carta de un señor Gargollo, representante de mi tío Ibargoyen, el mejicano. A este Gargollo le había escrito yo al llegar a Gibraltar. Me decía que había girado a mi nombre a esta plaza cinco mil pesetas a la casa de Banca de Benolié y Compañía, y que al mismo tiempo me recomendaba a este banquero. Le escribí al señor Benolié diciéndole dónde estaba, y a los dos o tres días apareció en mi casa un judío viejo, con un aire muy venerable, a ofrecerme de parte de Benolié lo que necesitara. Se llamaba este judío Samuel Lione.
La patrona mía se quedó maravillada; dijo que Samuel era el hombre más rico de Tánger, y que cuando iba a Fez visitaba al Sultán.
Debíamos ser nosotros gente de una gran importancia cuando Samuel Lione venía a nuestra casa.
Pregunté qué era, y la señora de Toledano dijo que era banquero y tratante de esclavos.
—¿Y gana mucho con esto?
—Muchísimo. Todos los años manda una o dos caravanas a Tumbuctu, en las que ganará muchos miles de duros.
El Niño de Baza oyó esto con los ojos brillantes.
Al día siguiente me dijo:
—Oiga usted, don Eugenio.
—¿Qué hay?