—No va usted a visitar a ese viejo judío Samuel?
—Pues, ¿por qué?
—Porque si va usted, yo quisiera acompañarle.
—¿Para qué?
—Para ir en una caravana a comprar esclavos.
Me quedé asombrado.
—Bueno, bueno. Ven mañana por la mañana y le visitaremos.
Al día siguiente se presentó el Niño de Baza muy elegante y atildado; yo me vestí, y con un chico de la vecindad fuimos a casa de Samuel.
La casa era de aspecto más humilde que la de Mesoda. Nos recibió el señor Samuel en un despacho muy mísero de la planta baja, con grandes saludos y zalemas, y nos hizo sentarnos. Este Shylock hablaba de una manera balbuceante y lacrimosa. Nuestra santa nación, nuestra tribu, el patriarca Abraham estaban a cada momento en su boca. Durante su charla se interrumpía para dar una indicación a dos escribientes que tenía, los dos, sin duda, judíos, de cara atormentada y labios gruesos.
Le avisaron para almorzar, y yo me levanté con intención de marcharme; pero Samuel me agarró de la mano.