—No, no; venid—me dijo—; que venga con vos este joven cristiano; comeréis conmigo, la miseria que uno tiene.

Subimos una escalera estrecha y llegamos a un comedorcito pequeño que daba a un patio, con una puerta, lleno de macetas con flores. Estaban en el comedor la mujer y una hermana de Samuel, dos hijas de unos cincuenta años, un hijo y una porción de nietos, entre los cuales había una muchachita de unos diez y siete o diez y ocho años, muy bonita.

Entre todas estas caras judaicas había el tipo correcto y muy perfilado y el tipo un poco repulsivo del judío narigudo, con los labios gruesos y abultados y los ojos pequeños.

Había en toda la casa un olor a cerrado y al mismo tiempo a estoraque, o alguna otra cosa aromática, que no me hizo ninguna gracia.

Sirvieron el almuerzo, que consistió en té con leche, tostadas con manteca, miel y un líquido dulce, con gusto a naranja. En lugar de pan, nos dieron unas tortas redondas y muy delgadas, sin sal.

El Niño de Baza estuvo de conquistador con la nieta de Samuel. Sabía que la chica era rica, y preparó en seguida sus baterías.

Después de almorzar volvimos de nuevo al despacho y hablamos.

—No creáis que tengo una fortuna grande...—nos dijo Samuel Lione—. No, no..., una pequeñez, un mediano pasar. No hagáis caso de lo que os digan en Tánger acerca de mí. No, no. ¡Por el patriarca Abraham! ¡Qué más quisiera yo!

Le dije que no me habían hablado de él en Tánger, y que había ido a verle para saludarle y para presentarle aquel joven español que, habiendo oído hablar de que él organizaba caravanas al centro de Africa, quería ir en una de ellas.

Samuel Lione sonrió al Niño de Baza y le alabó su afición al comercio. Después nos explicó sus negocios. Se dedicaba principalmente a la trata de esclavos, que compraba en Tumbuctu, y a veces en el Sudán.