En Fez, en Mezquínez y en Marrakech tenía depósitos de esclavos. Nos dijo que él proveía al sultán y a los principales magnates del imperio de esclavas negras para los harenes, que hacía venir del interior de Africa; negras que eran de una raza especial muy fea para nuestra vista por sus morros salientes y su nariz chata, pero que a los moros les parecían huríes de Mahoma.

Añadió que recibía remesas de cuando en cuando de veinte o treinta niñas, de diez a doce años, en Tafilete, donde tenía un gran depósito, y, a manera de hospital, que allí apartaba las que tenían lepra, les curaba a las otras la sarna, las demás enfermedades y los parásitos; luego, con baños, purgas y frotaciones y mucho alimento, las engordaba y las ponía lucidas como los cristianos engordan esos animales, que son la abominación de Jehová y que se llaman, con perdón, cochinos.

Mudaban enteramente de piel y de pelo las negras, y se ponían relucientes como espejos.

A los catorce años las llevaban al mercado, y acudían los corredores a comprarlas, procediendo a un reconocimiento escrupuloso antes de cerrar el trato.

Los compradores las conducían con mucho cuidado a su destino, en una especie de jaulas, que colocaban en camellos, y muy cubiertas con toldos para que no les diese el sol, ni las viesen los curiosos.

Este comercio era el más productivo para él; ¡pero había tanto gasto! En Tumbuctu tenía una factoría exclusivamente destinada para sus compras.

Era el único comerciante dedicado a este honrado tráfico.

También recibía de Tumbuctu oro en polvo, marfil y plumas de avestruz, y enviaba, a cambio, telas que compraba a poco precio en las almonedas de Gibraltar.

Lione me dijo que a los veinticinco años había hecho dos viajes a Tumbuctu, la lejana ciudad de Africa, atravesando el gran Desierto. Entonces era Tumbuctu tan misteriosa que algunos dudaban de su existencia.

Samuel Lione con esa rápida efusión que suelen tener a veces las gentes que viven aisladas, nos contó sus viajes a Tumbuctu con cierto énfasis. Nos habló con entusiasmo del Desierto, de las caravanas de cientos de camellos, que apenas dejan huella en la arena dura; de la forma del terreno arenoso, siempre igual y siempre distinto, como el mar; de las angustias al no encontrar los oasis con agua; del tener que beber a veces la sangre de los camellos... Todas estas dificultades y penas estaban compensadas, porque en dos o tres viajes se podía uno enriquecer.